2/2/09

La tejedora de Joan Planellas. Análisis

Esta obra de Joan Planella refleja el mundo fabril que se desarrolló en Cataluña desde principios del siglo XIX. La escena representa el interior de una fábrica textil, donde una niña de corta edad maneja un telar mecánico, cuyo movimiento está representado con gran realismo por parte del pintor, adherido, precisamente a dicha corriente pictórica, el realismo, tan característica de finales del siglo XIX. No era frecuente, sin embargo, pintar a la clase obrera, pues era la burguesía quien encargaba retratos familiares y cuadros costumbristas.

clip_image002

La mecanización transformó a los artesanos en obreros no cualificados, de cuya abundancia se derivaban sus duras condiciones laborales, con jornadas de hasta 14 horas sin más descanso que el dominical y con la constante amenaza del paro. La ausencia de cualquier cobertura social, como seguros de enfermedad, jubilación o desempleo, hacía depender totalmente a los trabajadores de su capacidad de trabajo. Las mujeres y los niños, como se ve en la pintura, suponían un importante porcentaje entre los trabajadores. Requeridos por los empresarios por su mayor docilidad, la habilidad de sus manos y el salario inferior (la mitad que el salario de un hombre), eran vistos por los varones como una competencia desleal, aunque necesitaban de sus salarios para completar la economía familiar, siempre precaria.

No eran menos duras sus condiciones de vida, hacinados en barrios de crecimiento espontáneo, sin ningún servicio (suministro de agua, alcantarillado, etc.) ni condiciones higiénicas, mal alimentados, sus tasas de mortalidad, sobre todo infantil, eran muy superiores a las de las clases medias y altas, con una esperanza media de vida que rondaba los 20 años (casi la mitad que para las clases altas).

Estas condiciones explican que surgiera entre el proletariado una conciencia social y que pronto manifestasen una organización para reivindicar mejoras. En su primera fase (1830/50), dichas reivindicaciones fueron meramente laborales, solicitando el derecho a asociarse para reclamar mejores salarios. También se produjeron estallidos violentos, como la reacción antimaquinista (ludismo) y las revueltas campesinas. Además, en estos años, con el retorno de los exiliados por Fernando VII, llegaron las ideas del socialismo utópico, que reclamaba mejores condiciones, dentro del capitalismo, para las clases bajas. A mediados de siglo (1850/68) los obreros tomaron conciencia de que solo la participación política mejoraría su situación. Así, se unieron a demócratas y republicanos para reivindicar el derecho de voto (sólo así sus intereses estarían representados en el Parlamento y se les tendría en cuenta al legislar). Su actuación fue decisiva en el triunfo, primero de la revuelta que posibilitó el Bienio Progresista y, después, de la Revolución del 68. Esa fecha marca el inicio de la tercera fase del movimiento obrero en España y su definitivo alejamiento de los partidos burgueses, por no representar sus intereses de clase. Se produce entonces la vinculación con el movimiento obrero internacional (AIT), a la que se unirán los españoles oficialmente en 1870. No obstante, pronto se dividirán en las dos corrientes obreristas del momento: anarquismo y marxismo. El primero será mayoritario en España, especialmente en Cataluña y Andalucía, mientras que el socialismo marxista prende en pequeños núcleos obreros de Madrid, Bilbao y Asturias.